miércoles, 3 de julio de 2013

Pueril oración, BENJAMÍN A. ARAUJO M.

PUERIL ORACIÓN

Hace falta estar atentos, tendidos
para no perdernos nada;
para recobrar lo que olvidamos.
Pensar, conocer, por ejemplo,
qué es lo que sucede cuando se encuentran
dos que van a amarse; qué, cuando muere
a solas alguno que quisimos.
Rubén Bonifaz Nuño.

La pobreza de todos, ante la vida, ante la muerte, casi nunca la advertimos. Somos esqueleto vil, futura ceniza; o, para decirlo más directamente: material para los gusanos, alimento excrementicio para los seres que hacen de las heces, alimento. Ante las cosas fundamentales, nada somos. Las grandes ideas, los valores auténticos: el amor, la verdad, la valentía, la inteligencia, la tranquilidad, la conquista, la fraternidad, son límites sospechosos en el cruce del límite tajante: de la vida a la muerte.

No hay mentira cuando decimos que los túneles estrechos de lo oculto, lo estrecho, lo francamente inhumano, son fraternidades del miedo, del dolor, de la desgracia, no obstante lo único que salva al ser humano es cantar un verso, pintar una imagen, recrear un volumen, inventar un son, ser aroma nuevo e invitarlo a los hermanos, los hombres y mujeres, contemporáneos o del futuro. Hay algo en ello de invitación al futuro. Algo se asoma de eternidad en ese gesto; una promesa muestra la punta de la nariz: podemos ser inmortales. El arte, ahora entiendo, tiene mucho de teosofía por cuanto lleva la impronta de esa promesa que sólo cuando ciegos, materializados, desde el ángulo que lo veamos, desde la óptica o perspectiva que se nos ocurra entenderlo, no lográbamos mirar con la claridad que suele presentarse. Muy transparente y claro lo veo. Si hay esa posibilidad que, radicalmente, otorga un valor sorprendente a la vida humana. Ya nada es inútil. No hay posibilidad para las sombras. No podemos ser presa del absurdo. ¿La vida como un accidente? ¿El azar? ¿la generación espontánea? Sólo la ceguera, insisto, nos niega la posibilidad de mirar que nada de lo que vemos, vivimos, sentimos, admiramos o tememos puede ser vacilación de la nada.

Muchos años caí en ese vacío. Qué bueno que ahora veo. No digo que no haya espejos; si nos vemos estrictos en la autocrítica, frente a nuestras pretensiones y humillantes vanidades, nada, o muy poco, somos.

Pero volvamos al hilo del frenesí iluminado: si esto es solamente un paso. Si de aquí viene un puente con la posibilidad de acceder a ser parte de un Todo; y ese todo es amor, potencia de potencias, luz de luz: vano será negarnos a pasar a ese estadio.

La vida humana. Esta vida. No ha sido en vano. Llena de inmundicias y escoria; como se le quiera ver, no deja de asomar la grandeza, así sea a cuentagotas, y en personas muy contadas, muy concretas, pocas pero espléndidas.





Pero yo estoy solo, y estás sola,
y él está solo, calladamente solo.
Y esta soledad me dice que escriba.
Me he vuelto ambicioso con la pobreza.
Rubén Bonifaz Nuño

Pobrecitos nosotros. Todos nosotros. Pero no tanto. Nos ha bastado, atestiguo, saber de los sabios, de las mujeres que han ayudado a cambiar la historia. Pero sobre todo de esas y esos anónimos que han construido las grandes civilizaciones; y nos permiten seguir suponiendo que la Utopía puede ser nuestra. Apropiémonos, desde aquí, las posibilidades del sueño. Fortalezcamos ese sueño con la certidumbre que, después de la muerte, hay mañana. Y, muchos podrán decir, “si todo lo que quiero, todo lo que me interesa, está en estas dimensiones; no me interesa un más allá incierto”.

Cada quien. Pero hay de aquel que se queda pendiendo de la incertidumbre. Y no podemos negar que hay desencanto, tristeza, pobreza de miras, cansancio, desencanto pues. Eso nos hace más humanos, pero eso asimismo nos afirma en nuestra divina naturaleza sempiterna.

Adiós Garcilazo de la Vega,
tus claros cristales de sufrimiento.
Yo vine a decir palabras en otro
tiempo, junto a gentes que padecen
desasosegadas por el impulso
de comer, comidas por la amargura;
débiles guerreros involuntarios
que siguen banderas sin gloria,
que lloran de miedo en las noches,
que se desajustan sin esperanza.
Rubén Bonifaz Nuño.

Las civilizaciones, aún nuestro México, vendido a los poderosos, puesto en cruz y entregado por los judas del capital a la hegemonía norteamericana, caminan a algún lado. Avanzan, así sea arrastrando  injusticia, degradación y sofisticadas y malvadas formas de martirio. El sudor y la miseria, por un misterio que no columbro del todo, no desfallecen; sacan fuerzas de flaqueza y ríen y cantan, en medio de enfermedades, nos muestran que puede haber un mañana.

En medio de todo, es admirable
la fuerza mecánica, obligatoria,
que tiene la vida. No hay manera
de escaparse. Viene, y a su antojo
distribuye brazos y deseos
y se forma ardiendo y sin descanso.

Enciende sus lumbres comenzadas
en la pesadumbre de la sangre,
y el pepenador de basura,
bajo su costal de papeles sucios,
piensa en su mujer; y los enfermos
de muerte se yerguen, deshilachados,
y van a sus noches de amor espesas.

Qué opaca ceguera, qué nubes,
qué velos de instinto y de alegría
extiende la vida en torno a los hombres,
para conseguir lo inexplicable.
Rubén Bonifaz Nuño.

Necios, con necedad que es bendición divina, ¿o hay otra explicación? Nosotros, nuestros paisanos, los pobres de entre los pobres, mostramos, muestran, que hay posibilidad, así objetivamente sea muy estrecha, para hacer camino.

Claro que asimismo hay parias, locos, perdidos, almas en pena, muertos en vida sin remedio; y eso podría ser el sustento para que alguien apoye la tesis de la indiferencia; hasta el suicidio como puerta que pueda coronar el miedo, el terror, la desilusión totales.

Creyente de la vida, adorador del amor, asaltante del orgasmo y soñador empedernido, me niego rotundamente a cerrar las puertas a la emoción, por más que me ha sido demostrada esta caricatura, muchas veces como insulto, como insolencia, como aborrecible condición. La naturaleza humana, sin adornos, convertida en una zahúrda o una mascarada sin elemental respeto a las condiciones más invulnerables de su creatividad y zona de demencia angelical.

No hay cómo caer en la cuneta del desvarío. Es un riesgo y asomémonos a sus viciosas simas; pero sólo como un modo de conocer y saber, de alimentar el espíritu para vibrar más y favorecer las causas de la luz.

Es frecuente ver en los jardines
grandes mariposas caídas; gruesos
insectos que mueven cada minuto
las alas inútiles, derrumbadas.

Y hay meses del año en que las abejas
despiertan, y mueren, ferozmente.

El mar abandona muchas cosas:
a diario en las playas los peces
varados, el círculo de los ojos
que reflejan aire desde la arena.

Y los animales puros, lejanos,
y lo que comemos, y la vida.

Los cuerpos azules de las mujeres
que vemos morir en las ventanas.
Y flores monstruosas, intestinos
que pasan torcidos como serpientes;
corazones, sapos en agonía
moviéndose en medio de las calles.

Y los consumidos con amargura,
los enfermos.   
Claro: no comprendemos;
es mejor no ver, ocultarnos,
meter la cabeza en donde sea,
y pensar que así somos felices.
Rubén Bonifaz Nuño.  

Pero yo no digo que cerremos los ojos. Como no estoy de acuerdo con aquellos poetas de la forma por la forma; “no importa el fondo, se te dará por añadidura; la poesía es, primero, forma, y sobre todo forma”.

No puedo dejar de mirar que eso es cerrar los ojos. Las complicidades atroces a veces comienzan ofreciendo, por unas monedas, al maestro o al amigo. De ahí no hay mucho trecho para ofrendar a la mujer, o aún a la madre.

Me canso de estar hablando solo;
me fatiga ya, por conocido,
el trabajo absurdo de estar queriendo,
tomando y perdiendo las esperanzas;
como el buscador de conchas marinas
-juntador de pobres tesoros cóncavos-
que al mover la arena ya lo sabe:
siempre estará rota la más hermosa.
Rubén Bonifaz Nuño.

Delirio, tal vez; pero somos capaces de pisar la mierda, de salpicarnos de sangre, y ser limpios e inocentes. No deja de tenerse el sabor en los ojos de todo lo que nos rodea. Creo más en aquellos que, sin cerrar los ojos, registran el entorno, aunque más tarde lloren en un rincón y mascullan su impotencia; que en los cínicos o los que se proponen la ceguera como escudo. Peor aún con los cómplices; peor, y malditos por ellos, porque no saben otra cosa que lamer las manos de los asesinos.

Acaso esta misma noche en que pienso,
en este momento, mientras camino
por estos lugares próximos,
estás escuchando en alguna parte
las cosas que no te dije, el silencio
que no comprendiste: me has encontrado.

Y algo que yo tuve olvidado
mucho tiempo sabe por mi tristeza
y va descubriéndose en secreto,
y me va ligando a ternuras
ajenas, a oscuros tormentos, a nostalgias.
Rubén Bonifaz Nuño. 



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